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Marx y el Sistema Penal

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“La libertad no es otra cosa que el conocimiento de la necesidad”
Federico Engels, Anti-Dühring. 1878.

En la prolífica y voluminosa obra de los fundadores del marxismo, Carlos Marx (1818-1883) y Federico Engels (1820-1895) no se encuentra una elaboración conceptual profunda en relación al derecho penal.
El objeto de estudio de ambos se orientó hacia la naturaleza del capitalismo y particularmente a la relación entre el capital y el trabajo. Correspondió a estos autores el mérito de colocar por primera vez en la historia al proletariado como sujeto universal portador de un proyecto histórico y societario propio.

Profundizando en la más honda esencia del sistema capitalista elaboran un cuerpo teórico y en consecuencia una concepción del mundo que posibilita comprender el carácter ontológicamente injusto del capitalismo en tanto relación social fundada en la apropiación privada del trabajo social.

Las múltiples reflexiones en el plano económico, filosófico y político de los clásicos del marxismo nos remiten a la idea del hombre como ser social cuya conciencia está determinada por la propia realidad.

En definitiva, esto es el Materialismo Histórico, el estudio de las leyes generales que explican el desarrollo de las sociedades, trata de establecer cuáles son los mecanismos que permiten el nacimiento, devenir y muerte de una sociedad. Dicho de otro modo, explicar por qué se produce, por ejemplo, el paso de la sociedad comunista primitiva a la sociedad esclavista, de la esclavista a la feudal, de la feudal a la capitalista, de la capitalista a la socialista. El marxismo postula que sólo el conocimiento de las leyes del movimiento de las sociedades puede llevar a una previsión científica del porvenir histórico en sus grandes líneas, ejercer una influencia oportuna sobre él, y aun dirigirlo, dentro de ciertas condiciones. Esta concepción marxista y materialista de la historia parte de un análisis del proceso de producción, y de la manera en que éste se organiza para interpretar la forma que asumen las instituciones jurídicas y políticas, así como las formas de conciencia, de religión, de ética, etc., que a ellas corresponden. La ley fundamental del Materialismo Histórico puede resumirse así: de acuerdo a las condiciones materiales que lo rodean, es decir, de acuerdo, en último término, al nivel de desarrollo de las fuerzas productivas el hombre organiza la producción de una determinada forma, entra en determinadas relaciones de producción. El conjunto de las relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, base sobre la cual se levantan las instituciones jurídicas y políticas, a las que corresponden determinadas formas de la conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. Dado el carácter eminentemente dinámico que tienen, las fuerzas productivas siguen desarrollándose dentro del marco de las relaciones de producción que le han dado origen, hasta llegar a un punto tal que estas relaciones se transforman en trabas. Las fuerzas productivas sólo podrán seguir su desarrollo cuando las viejas relaciones de producción sean cambiadas por unas nuevas y más evolucionadas. En ese momento histórico se verifica el nacimiento de una nueva sociedad. Al cambiar la estructura económica, se revoluciona más o menos rápidamente toda la inmensa superestructura erigida sobre ella. Resulta importante destacar que ninguna sociedad desaparece antes que se desarrollen todas las fuerzas productivas que encuentren campo de acción en ella. Jamás aparecen nuevas y más perfectas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado en el seno de la propia sociedad antigua.

Un ejemplo de lo anterior es el desarrollo de la agricultura a través de la historia, practicándose primitivamente en comunidad, conoció distintas etapas de desarrollo técnico y económico hasta que el modo de explotación en comunidad se transformó en un obstáculo para el progreso, es decir para el desarrollo de las fuerzas productivas. Entonces, de la forma colectiva de propiedad del suelo y de los medios de producción agrícola se pasó a la propiedad individual de los mismos, o en otras palabras se verificó un cambio en las relaciones de producción. Ello permitió un trabajo mucho más intenso y facilitó el aumento de las fuerzas productivas. Pero esta clase de economía también aparece atrasada cuando, gracias al desarrollo alcanzado por las fuerzas productivas en su seno, aparecen métodos superiores y se introduce la maquinaria en la agricultura. En las condiciones de explotación agrícola individual resulta imposible utilizar en forma eficiente los nuevos descubrimientos. Se hace necesario entonces cambiar la organización de la producción agrícola. Aparece la división del trabajo, la producción social, el trabajador asalariado. Aparecen, en resumen, nuevas relaciones de producción, aparece la explotación capitalista de la tierra. El paso de un modo de producción a otro no se realiza automáticamente por la aparición de la contradicción entre las Fuerzas Productivas y las Relaciones de Producción, sino que deben llevarlo a cabo las clases de la sociedad para las cuales el modo de producción existente se transforma en un obstáculo para su desarrollo y cuyo papel en el proceso productivo ha hecho nacer en ellas lo gérmenes de un modo de producción superior.

Sobre este marco general consideramos perfectamente posible aproximarnos a un análisis del sistema penal en la sociedad capitalista tomado como referencia el cuerpo teórico del marxismo.

Buscando referencias para ofrecer sustento a la afirmación precedente, nos encontramos con una serie de artículos publicados en la Gaceta Renana en 1842 en donde un joven Marx se oponía a las leyes que pretendían penalizar la recolección de leña suelta en los bosques privados.

Ya por entonces toma claro partido en favor de los desvalidos y las clases subalternas en contraposición con el individualista interés privado.

Años más tarde cuando se aplica al estudio de la acumulación originaria del capital, afirma con elocuente contundencia que el capital es un robo desde su propia génesis.
Dice el barbado de Treveris “el capital vino al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde los pies a la cabeza”.

En sus componentes esenciales, esta teoría se puede resumir de la siguiente manera: en el capitalismo, la burguesía, en virtud de la propiedad privada de los medios fundamentales de producción, se apropia de los bienes generados en el proceso productivo por los hombres y mujeres. Los bienes se presentan ante quienes los producen (los trabajadores) como entidades ajenas, con una realidad propia, alejados a ellos, y a los que deben someterse. Como dice Marx:

“si el producto del trabajo no pertenece al trabajador, si es frente a él un poder extraño, esto sólo es posible porque pertenece a otro hombre, que no es el trabajador (…) mediante el trabajo enajenado crea el trabajador una relación de este trabajo con un hombre que está fuera del trabajo y le es extraño… Partiendo de la Economía Política hemos llegado ciertamente al concepto de trabajo enajenado (…) como resultado del movimiento de la propiedad privada.”

Bajo el capitalismo, esta alienación permea la vida de los individuos, dando lugar a una fetichización de las relaciones que éstos establecen entre sí.

Tal como lo expresa el autor, el fetichismo de las cosas es lo que hace aparecer al producto del trabajo de los hombres y mujeres en forma de mercancías.

Las personas bajo el sistema capitalista, no son dueñas de sus creaciones, las mismas se les presentan en su vida práctica como entidades ajenas y dotadas de una lógica propia, externa a sus creadores. El mundo de las cosas termina imponiendo su ritmo al mundo humano, lo cual da lugar a una cosificación de las relaciones sociales, es decir, a que las relaciones sociales entre las personas no se presenten como tales en la conciencia de los actores, sino como “relaciones materiales entre personas y relaciones sociales entre cosas”. En su origen, esa cosificación tiene de base la apropiación privada de los medios de producción por parte de una clase (la burguesía), la cual se sirve del aparato estatal y de la ideología, en el entendido de que la ideología dominante es la ideología de la clase económicamente dominante, para perpetuar su dominio económico. En este sentido, la política y la ideología no sólo son ajenas a los individuos, sino que, en parte, esa enajenación es funcional a los intereses de la clase dominante: la ideología sirve de “ilusión” que hace creer que los cambios reales son resultado del cambio en las ideas; el Estado, como concreción privilegiada de la política, se presenta como garante formal del bien común y del interés general, cuando en realidad protege activamente los intereses de los propietarios de los medios de producción.

En el Manifiesto Comunista de 1848 se afirma, “el Estado es la junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa”.

Eliminada la propiedad privada será factible encaminarse a la abolición de las alienaciones que de ella se derivan y, más aún, de la cosificación imperante en la sociedad capitalista en su conjunto. Pero, para eliminar la alienación económica, habrá que comenzar por dar la batalla a las alienaciones ideológica y política, pues de ésta saldrán los instrumentos para arribar a aquélla.

Este abismo que existe entre lo que el obrero produce con sus propias manos, y el salario que percibe luego, ese plusvalor, es del cual se apropia el patrón, dueño de los medios de producción.

En las sociedades actuales el plusvalor del cual se apropia el patrón es cada vez mayor, y por lo tanto, los salarios están cada vez más precarizados. Esto sumado, a que el costo de vida es cada vez más alto, y cada vez es más difícil poder acceder a comprar alimentos, tener una vivienda digna, poder acceder a los servicios de salud entre otras.

En este sentido, los medios de comunicación contribuyen negativamente a generar en las personas la ilusión de que pueden tener todas las cosas materiales lo que se propongan. La industria cultural bajo el sistema capitalista se aprovecha de las masas, pues publican y transmiten productos basados en fórmulas estandarizadas que atraen al público masivo, y al mismo tiempo glorifican y promueven la cultura capitalista dicho de otra manera, refuerzan la ideología de la clase dominante. Los medios de comunicación social, son una institución que en una sociedad de clases, se enfocan a transmitir una visión del mundo acorde a los intereses y a la ideología de la clase dominante. De esta forma, la tendencia ideológica será la de evitar que otras fuerzas puedan crecer y ganar legitimidad al tiempo que las audiencias recibirán aquello que deseen dentro de los límites marcados por lo que no pueda considerarse peligroso para que continúe el predominio de la clase dominante.

Los grandes avances de los medios masivos de comunicación, han marcado los hábitos de consumo en nuestra sociedad. Uno que ejerce mayor influencia en la actualidad es la televisión, debido a que puede cambiar la forma de actuar o pensar de las personas y de esta manera, crear una realidad diferente a través de programas o de la publicidad.

Otro medio que ha tomado mucha fuerza en estos últimos años es la internet. Hoy en día diferentes grupos sociales lo utilizan de la manera más normal, desde los más jóvenes, hasta los adultos, en algunos casos, adultos mayores, y la mayoría de ellos viven el impacto de la publicidad por la gran cantidad de horas que pasan navegando en la red.

En este sentido, las personas se ven bombardeadas por los medios de comunicación, incitados a comprar todas las cosas materiales que harán de su vida, una vida mejor. Entonces, la forma de poder tener todo eso, sino es mediante el fruto de su trabajo, lo será de otras formas, y es aquí donde empezamos a hablar de delincuencia.

En la estremecedora obra titulada La Situación de la Clase Obrera en Inglaterra de 1845, Federico Engels se refiere al delincuente en los siguientes términos:

“Cuando las causas que desmoralizan al obrero ejercen una acción más intensa, más concentrada que la normal, el obrero se convierte en el delincuente, con la misma seguridad con que el agua, a los 100 grados celsius, bajo presión normal, pasa del estado líquido al estado gaseoso. Y el trato brutal y brutalizado que recibe de la burguesía hace de él un objeto tan pasivo como el agua, sometido a las leyes naturales con la misma imperiosa necesidad que ésta: al llegar a cierto punto, deja de actuar en él toda libertad.”

Igualmente ilustrativo resulta el siguiente pasaje de la obra cumbre del pensamiento marxista, El Capital:

“El delincuente rompe la monotonía y el aplomo cotidiano de la vida burguesa. La preserva así del estancamiento y provoca esa tensión y ese desasosiego sin los que hasta el acicate de la competencia se embotaría. Impulsa con ello las fuerzas productivas. El crimen descarga al mercado de trabajo de una parte de la superpoblación sobrante, reduciendo así la competencia entre los trabajadores y poniendo coto hasta cierto punto a la baja del salario y, al mismo tiempo, la lucha contra la delincuencia absorbe a otra parte de la misma población.”

Como vemos nuestro autor ubica al delincuente en el marco de las relaciones de producción y no como individuo aislado que opera motivado por su intrínseca maldad o perversión. Todas las personas tienen un lugar y una posición en las relaciones de producción y eso va a determinar el resto de sus condiciones existenciales de vida.

Y este punto está estrechamente relacionado con la situación que vive hoy en día con la delincuencia. Cuando vemos que la mayoría de los delitos que se comenten son contra la propiedad privada, y de la mano con esto, en menor medida los delitos contra las personas.

En una creciente escalada de violencia y fragmentación social, las clases más desposeídas, más excluidas, tratan de hacerse de esos medios materiales de vida a como dé lugar.

Es preciso señalar que la pobreza y la miseria no son en sí mismas elementos que determinen conductas delictivas, pero si un mayor nivel de vulnerabilidad y fragilidad social.

Es sobre este sector social subproletarizado o directamente excluido de las relaciones de producción en donde opera la selectividad del sistema penal que criminaliza la pobreza. Estas personas que nacieron con sus más esenciales derechos vulnerados, en la exclusión y miseria, son las que luego el sistema penal y la sociedad en su conjunto criminaliza, condenándolos a un sistema carcelario que continúa reproduciendo la violación de sus derechos, perpetuando el ciclo de la violencia. En los muros de un penal de la ciudad de México se pueden leer las siguientes y estremecedoras palabras: “en este lugar maldito donde reina la tristeza no se castiga el delito se castiga la pobreza”

En esta sentido resulta esclarecedor el siguiente pasaje de un trabajo de la intelectual argentina Valeria Vegh Weis: “Nos encontramos con que fuera del tradicional ‘ejercito de reserva’, queda constituida una enorme masa que ya ha perdido incluso su rol como termómetro de los salarios de la clase obrera empleada. Es un conjunto de población precarizada y con prácticamente nulos recursos (sin instrucción formal y/o informal), que el sistema económico no solo no precisa incorporar sino que necesita descartar, ya que por sus caracteres solo puede satisfacer sus condiciones de existencia a partir de ‘changas’ combinadas con el ejercicio del delito y con la ayuda social estatal, inscribiéndose entonces como una amenaza latente a la propiedad privada y como un gasto, como un dispendio estatal para la burguesía”. En este sentido, queda clara la funcionalidad de la delincuencia en el sistema capitalista.

Esta misma autora recupera la noción marxista de la pena como “una herramienta privilegiada de la defensa clasista de la estructura social”. Es decir que mediante la penalización y el encierro se siguen preservando los intereses de las clases dominantes, a través de la superestructura del derecho, por eso es que ciertas conductas son consideradas delitos y otras no. En esa diferenciación cualitativa del delito es que vemos como a las rapiñas o hurtos se las penaliza de manera más severa que a la estafa bancaria, insolvencias fraudulentas financieras, quiebres intencionales de empresas, corrupción, conjunción del interés público con el privado, entre otras, en definitiva, delitos que no cometen los pobres. Y si se analiza en términos de daños al conjunto social evidentemente unos son claramente más perjudiciales que otros.

En síntesis, sostenemos que el capitalismo es el responsable de la reproducción ampliada y sistemática de la violencia social.

En tanto las relaciones sociales predominantes cosifican a las personas para humanizar las cosas y en ese proceso alienan y barbarizan a contingentes inmensos de seres humanos, la violencia se constituye de este modo en un componente propio del sistema.
Dicho de otro modo, violencia y capitalismo son un todo indivisible.

Estos apuntes preliminares de aproximación a la cuestión penal a partir de los clásicos del marxismo constituyen herramientas útiles y necesarias para un abordaje crítico del estudio del sistema penal y del carácter de clase del mismo.

En tiempos donde se promueve la inflación punitiva y las penas recaen selectivamente sobre los pobres, nos proponemos navegar contra la corriente del adaptacionismo sistémico y volver nuestra mirada y nuestras energías militantes contra el sistema que propicia las condiciones para la multiplicación del delito y la violencia social.

Gustavo López
Militante con gran trayectoria sindical y social desde los últimos años de la dictadura.

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