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El trabajo de los comunistas entre la clase obrera en la primera mitad del siglo XX

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En un periodo en el que domina el oscurantismo ideológico y en el que la izquierda en su más amplio espectro se ve absorbida por el liberalismo y el seguidismo hacia la burguesía, vital importancia toma el rememorar la experiencia del primer esfuerzo de construcción de un Partido Comunista en el Uruguay en el año en que se conmemoran 100 años de su fundación.

Al igual que en otros artículos ya publicados en este portal, debemos ser claros a la hora de diferenciar los dos principales periodos en la vida del Partido Comunista, el que va desde su fundación en 1920 hasta el XVI Congreso de 1955, periodo en donde con aciertos y errores se intentó aplicar el marxismo-leninismo, y el periodo posterior hasta la actualidad, donde se sintetiza el revisionismo en la transformación del Partido Comunista en un partido reformista de ideología y práctica pequeñoburguesa.

Tan fuerte ha calado la negación del pasado revolucionario del Partido Comunista que según historiadores y dirigentes, la historia del mismo empezó  luego del putsch de 1955, intento que tiene por objetivo  exagerar de forma abusiva los méritos de la nueva línea. Tal es el caso del trabajo de los comunistas entre la clase obrera, que según los renegados, comenzó en la antesala a la creación de la CNT.

Cabe preguntarse, ¿cómo es que el Partido Comunista puede tener un papel decisivo en este proceso si el trabajo de masas era inexistente previo al 55? Claramente porque esto no fue así, sino que al contrario, el trabajo de masas del Partido data de sus primeros días, fundamentalmente entre el proletariado. Quienes cuentan la historia oficial gustan distorsionar la realidad y fortalecer el relato de que un grupo de genios levantaron al movimiento sindical en un par de años.

El movimiento obrero previo a la existencia del Partido Comunista

Como antesala al trabajo de los comunistas entre la clase obrera, es importante mencionar la existencia de un movimiento obrero completamente desarmado, tanto en lo que refiere a la organización como en términos ideológicos.

La situación objetiva de la economía uruguaya de fines del siglo XIX y principios del siglo XX  la define como una economía sumamente atrasada, de escaso desarrollo capitalista donde reinaba el latifundio, la pequeña producción caracterizada por el pequeño taller y pequeñas fábricas numéricamente escasas , situación que favorecía la dispersión de la clase obrera aún muy reducida numéricamente, y que tenía un  casi desarrollo político. Pero que iba a mostrar sus primeros avances con la llegada de los inmigrantes europeos.

A pesar de la llegada en masa de nuevos trabajadores y el desarrollo capitalista de principios de siglo, los inmigrantes que dieron inicio al movimiento obrero nacional procedentes de países como España, Italia y Francia, donde predominaban aún las ideas del socialismo utópico y del anarquismo, darían a éste cimientos basados en el mutualismo, el culto a la espontaneidad y el rechazo a la organización política independiente de la clase obrera.

Esta situación se mantendría incambiada a pesar de algunos intentos de construcciones marxistas de escaso peso como el Centro Obrero Socialista creado en 1896 y relacionado a las ideas de la II Internacional. En este escenario en 1905 se crea la Federación Obrera Regional (FORU) que asentaría el papel preponderante del anarquismo en el movimiento obrero nacional siendo una herramienta utilizada constantemente para fortalecer la hegemonía de esta tendencia pequeñoburguesa en el movimiento obrero.

La fundación del Partido Socialista en 1910 significaría un importante avance, pero insuficiente para disputar el control de las organizaciones obreras al anarquismo dado que el trabajo de los socialistas entre la clase obrera era cuestionado por  la dirección del partido, la cual se conformaba con criticar suavemente las contradicciones existentes en la sociedad dejando que el trabajo práctico se redujera al esfuerzo de pequeños núcleos sin un apoyo partidario real.

Todo esto sirve para comprender que no fue nada fácil la tarea a desarrollar por los comunistas.

La fundación de la Federación Obrera Marítima y la conversión del Partido, un hito crucial en la historia de la clase obrera

Como producto de la Primera Guerra Mundial, el Uruguay vivió un crecimiento industrial considerable  que le permitió el crecimiento de la clase obrera y de sus condiciones materiales. De 1915 a 1919 se crean 1009 establecimientos industriales, lo que significó un crecimiento de poco más de un tercio en comparación a años anteriores, mejorando las condiciones para el desarrollo del movimiento obrero.

En este contexto, en febrero de 1918 se crea la Federación Obrera Marítima, considerada el bastión de los socialistas revolucionarios y  la primera organización de trabajadores de masas organizada bajo preceptos socialistas: la actividad  comunista y el movimiento obrero se enlazaban por primera vez en la historia del país.

El hecho daría sus frutos rápidamente con la victoria de la huelga marítima y portuaria estallada pocos meses después de la fundación de la Federación, una de las principales huelgas concebidas hasta ese momento.

El 20 septiembre de 1920 con 1927 votos a favor el VIII Congreso del Partido Socialista resuelve por aplastante mayoría la adhesión a la Internacional Comunista y adopta un nuevo nombre más apto para la nueva circunstancia. Esta votación forjada y apoyada por la base del Partido serviría para deshacerse de la dirección reformista encabezada por Emilio Frugoni y trazar un nuevo rumbo en donde la clase obrera sería el eje de toda política desde el primer día.

Bajo las directrices de la Internacional Comunista, el Partido Comunista comenzaría a batallar con firmeza contra las ideas anarquistas y reformistas en el movimiento obrero siendo la Federación Obrera Marítima la base en que se apoyaría la línea de trabajo comunista en el movimiento sindical.

Como herencia de años de hegemonía anarquista, las organizaciones obreras carecían de contacto con la masa de trabajadores, reinaba el caudillismo de un puñado de dirigentes que decidía qué hacer, cuándo y cómo; bajo su estrategia que concebía que el capitalismo caería por la acción espontanea, era común que jugaran a la huelga general sin considerar las condiciones objetivas y subjetivas del momento y se perseguía con dureza a quienes osaban a criticar estos métodos.

Ante esta situación los comunistas deciden dar la discusión en defensa de un movimiento sindical democrático, donde las decisiones de cada sindicato sean tomadas en asambleas masivas, para que se definan planes de trabajo y se involucren en ello a la mayor cantidad de afiliados posibles, para que se organicen y se midan las condiciones antes de cada conflicto; en definitiva, dar la pelea por la construcción de organizaciones netamente obreras, organizadas y disciplinadas, sindicatos forjados bajo la definición de Lenin de que éstos sean verdaderas escuelas para la liberación de la clase obrera, verdaderas escuelas de comunismo.

Estas discusiones muy lejos de darse en forma sectaria se dieron acompañadas de un llamamiento por la unidad de todo el proletariado en un frente único, razón por la que en 1922 comienzan los primeros intentos de llevar esto a la práctica y a través de la FOM se lanza una circular a todos los sindicatos con un llamado para la realización de un Congreso Obrero Nacional del cual nacería el Comité pro Unidad Obrera.

Resumiendo con claridad el significado de esta táctica, la Historia del PCU hasta el año 1951 señala:

“… dos cuestiones básicas de la táctica sindical del Partido [son]: a) luchar por su unidad y la defensa de sus derechos y reivindicaciones; b) la política de unidad no significa hipotecar el derecho de crítica fraternal ni dejar de realizar esta crítica cuando están en juego los intereses de la clase obrera y la continuidad y el desarrollo del movimiento. El amplio trabajo de unidad nunca puede significar que el Partido de vanguardia renuncie a la educación del proletariado y pierda de vista los intereses históricos generales del movimiento obrero. Solo uniendo estos dos aspectos se realiza, en verdad, la labor de movilización, unidad y educación revolucionaria de las grandes masas del proletariado”.

Con esta táctica, los comunistas subrayaban la importancia de fusionar el trabajo del Partido con el Movimiento Obrero, en la consolidación de un programa y tareas comunes como mecanismo de guiar a los trabajadores en su proceso de emancipación y de asegurarse el crecimiento de las filas del Partido nutriéndose de los elementos más avanzados del proletariado.

El trabajo paciente y la continuación de esta línea forjó en 1927 el Bloque de Unidad Obrera cuyos militantes y organizaciones miembro fueron perseguidas con dureza por el anarquismo que no vacilaba en proscribirlos de las dos centrales existentes, y en 1929 se crea la Confederación General del Trabajo (CGT) conformada por 42 sindicatos.

La CGT sintetizaría el trabajo de Frente Único de los comunistas en el movimiento sindical contando con el apoyo de grandes mayorías entre la base de los militantes sindicales que se desprendían de esta forma de la influencia anarquista siendo parte de la construcción de una organización que si bien tenía características que sumaban a la amplitud de tendencias, en su esencia, apostaba a la orientación de la lucha de los trabajadores en una perspecetiva comunista.

Como se señala más arriba, la nueva Central no nacía producto de una decisión espontanea de los comunistas  con el fin de crear sellos, sino que surge luego de numerosos intentos de fusionar las dos centrales existentes y de la expulsión por parte de las direcciones anarquistas de más de 3.000 militantes del Bloque de Unidad Obrera que militaban en las centrales existentes, lo que generó una ruptura unilateral del proceso de unitario.

Para hacerse una idea de la magnitud de esto, en 1928 -un año antes de la creación de la CGT- la FORU contaba con 2240 afiliados y la USU (Unión Sindical Uruguaya) 3960.

La conformación de la CGT traería consigo la organización sindical tal cual se concibe actualmente (como se concibe, no como la practican los dirigentes progresistas), sumando a los conceptos que había planteado el Partido que se detallan en los párrafos anteriores:  la organización por primera vez de los sindicatos por industria y la votación en la central según la cantidad de cotizantes de cada organización, lo que hacía valer la representatividad del sindicato a la hora de tomar las decisiones.

También en 1929, los comunistas uruguayos serían parte activa en la conformación de la Confederación Latinoamericana de Trabajadores la cual representaba a federaciones y sindicatos de 17 países, a lo que se agrega el trabajo y la difusión de la Internacional Sindical Roja, organización mundial donde se estrechaban vínculos entre a las organizaciones obreras y la Unión Soviética, Estado proletario vanguardia de la revolución mundial.

A su vez, a pesar del entendimiento de la importancia de los sindicatos como herramientas de combate, los comunistas entendían que no toda la clase obrera estaba sindicalizada y que no por eso había que abandonar el trabajo entre esa masa inmensa de trabajadores. Por esa razón, no escatimaron esfuerzo en combinar el trabajo sindical con la creación de amplios frentes de masas que atendían las necesidades inmediatas del proletariado y de las demás clases trabajadoras, por lo que se creaban puntualmente comités por la rebaja de los precios de los productos de consumo popular, por la rebaja de los alquileres, por suba de salarios, por la baja del precio de los servicios y el transporte, etc.

También se organizaron numerosas organizaciones deportivas que abarcaban diversas disciplinas, así como actividades culturales, organizaciones de ayuda mutua, entre otras.

En el campo del internacionalismo proletario, se forjaron amplios frentes entre los que destacaron el comité por la liberación de Sacco y Vanzetti, en ayuda de la República Española donde cayeron en combate varios comunistas uruguayos, centros de lucha Antifascista y el Comité de Ayuda a los Aliados en la Segunda Guerra Mundial.

Estas experiencias no solo sirvieron a los comunistas para acercarse y organizar a la clase obrera, sino que también, por su dedicación y liderazgo a la hora de plantear y realizar las diferentes luchas, incrementaban el prestigio del Partido entre los militantes de otras tendencias lo que le valió la incorporación de numerosos y valiosos militantes con experiencia de lucha en otras organizaciones que se convencían en la justeza de los métodos y la línea del Partido Comunista.

En cuanto a la labor parlamentaria, el Partido también centró su actividad en la defensa de los intereses de la clase obrera, vinculando esta actividad no solo en la proposición simbólica de medidas y proyectos de ley en interés de ésta, sino que utilizando los recursos del Poder Legislativo, promovió el estudio de las condiciones materiales de existencia de los asalariados, sus condiciones laborales, vigiló el cumplimiento de la legislación laboral recorriendo cada centro de trabajo, tarea que servía a su vez para vincular a la bancada y al Partido con la masa y no esperar por ellas.

En 1941 se realizó un Congreso Extraordinario en el marco de la conformación de un Frente Popular de grandes dimensiones en el que se proponen multiplicar los esfuerzos en la unión de todos los sindicatos existentes, por lo que el 30 de marzo de 1942 se crea la Unión General de Trabajadores para lo que se cederían algunas concesiones con las demás fuerzas de izquierda y sindicatos autónomos en pos de la unidad.

La experiencia de la UGT y sus grandes contradicciones merecen un estudio aparte, pero vale resaltar frente a la crítica calumniosa del revisionismo arismendiano, los esfuerzos del Partido conducido por Gómez en la construcción de una central única conformando una herramienta muy avanzada en su época, que supo dirigir y triunfar en decenas de huelgas, conquistando en ese periodo los Consejos de Salarios, licencia anual paga, asignaciones familiares para los trabajadores rurales y del servicio doméstico.

“El motor de todos estos combates era la clase obrera. El Partido se esforzaba porque la clase obrera ocupara su puesto de vanguardia…el camarada Gómez hacía resaltar el papel de primer plano de la clase obrera en la aglutinación de todas las fuerzas progresivas, en la lucha contra la carestía de la vida y las soluciones de fondo a los problemas económicos, vinculadas a las reivindicaciones de los trabajadores y preconizaba la adopción de formas organizativas nuevas, de gran amplitud, que hicieran participar por bajo a gran número de obreros en la lucha, vinculando con ello el desarrollo de la democracia sindical”

remarca sobre este periodo la Historia del PCU hasta el año 1951.

Algunas conclusiones de actualidad

Como se pudo contrastar, el trabajo del Partido Comunista del Uruguay bajo la dirección de Eugenio Gómez tuvo el gran mérito de emprender una extensa y profunda militancia entre la clase obrera, centrándose en sus necesidades inmediatas, combinándolo con el internacionalismo proletario, la cultura, el deporte y las distintas luchas que se desarrollaban dentro de la táctica del Partido.

Actualmente vemos como con la hegemonía del PCU devenido en muro de contención del progresismo, el movimiento sindical pese a ser muy superior numéricamente en comparación a la época analizada, se encuentra completamente alejado de los intereses de la clase obrera, ya que no solo es parte de un pacto social que en la actualidad arremete con dureza contra el trabajo, reduciendo la cantidad de puestos, precarizando los que se mantienen y reduciendo el salario sino que también ha sido el motor de la desideologización del Movimiento y de la desmovilización de la masa de afiliados de los sindicatos.

El PCU actual no solo abandonó  la concepción de que la clase obrera es el sujeto político de la revolución sino que ha jugado -y juega – un papel nefasto en donde ha sido abanderado del abandono de la lucha por salario, en contra de la carestía de la vida, por vivienda popular; fomenta constantemente la conciliación de intereses con la burguesía haciendo penetrar constantemente conceptos como la “responsabilidad” en las demandas y la “negociación”, siempre en términos neutrales que favorecen a las patronales, mientras que no deja de escatimar esfuerzos en desviar la lucha obrera en cuestiones secundarias que no afecten los intereses de las clases dominantes.

Por su parte, las corrientes pseudo anarquistas que dicen ser oposición a esto, se encuentran ideológica y organizativamente en posiciones muy similares a las del movimiento obrero de comienzos de siglo y junto a sus aliados se conforman con “dar el debate” mientras que en la práctica demuestran una fidelidad inexplicable hacia las resoluciones y las políticas emanadas por las direcciones oportunistas,  siendo en los hechos un validador “por izquierda” de las prácticas oportunistas que entierran la combatividad del movimiento obrero, sin iniciativa ni programa propio.

En esta  coyuntura, la clase obrera viene siendo el convidado de piedra en la arena política, relegada por una izquierda fuertemente atraída por las reivindicaciones que coloca la pequeña burguesía dentro de los límites que el capital  le permite, sin cuestionarse ni un minuto la cuestión de quién posee los medios de producción y el Poder político.

Nuevamente nos toca subrayar, como en artículos anteriores, la dura tarea que tenemos hoy los marxistas-leninistas de emprender nuevamente tareas muy similares a las que se comenzaron a desarrollar hace 100 años, en un escenario que se muestra igual de draconiano para el avance de nuestras ideas.

También, al igual que los camaradas que nos antecedieron, tenemos la misma convicción de que es la clase obrera el sujeto político de la Revolución, razón más que suficiente para confiar en la posibilidad de nuestro triunfo y retomar las banderas que el revisionismo dejó por el camino. Sus experiencias son aún hoy un rico tesoro para los revolucionarios de hoy quienes debemos de aprender los aciertos y estudiar doblemente los errores, emulando  la dedicación, la abnegación y la firmeza en los principios con que los comunistas de principio del siglo pasado emprendieron esta lucha.

Hoy al igual que hace 100 años, tenemos la misma confianza en que el mundo será de los trabajadores.

Gustavo Kelmendi
Estudiante de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, integra el Frente de Participación Estudiantil Susana Pintos.

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